Recalculando
No me importa conocer tal o cual paisaje, paraíso, comida típica, danza local, centro histórico, ni nada turístico que se le parezca. Lo que me motiva es el movimiento, dentro de lo posible, por una ruta que permita silencio, contemplar, apreciar.
La idea originada en Itacaré había encontrado una ilusión en Cabo Frio, motivo por el cual se transformaría en un momentáneo punto de destino. La ruta, el camino, se definió a partir de ese lugar que me prometía embarcar para otra realidad. Sin embargo, cuanto más me aproximaba, menos eran las ganas de detenerme.
Puedo intentarlo, pero creo que sigo sin palabras para describir lo que me produce el estar pedaleando. Es la cuarta vez que comienzo en un punto para dirigirme hacia otro, ni siempre definido. Esta vez los destinos quedaban lejos y eran momentáneos, no había ideas fijas que me mantuvieran en un camino caprichoso. Me lo dije desde el comienzo: el objetivo es escribir, el camino se irá haciendo. Lo que no me imaginaba es que lo disfrutaría más que las veces pasadas. Subirme a la bici es avanzar sin querer parar, al punto de descubrir una resistencia que no sabía que tenía. No es una carrera ni querer llegar, es no querer hacer nada más que eso. No me importa conocer tal o cual paisaje, paraíso, comida típica, danza local, centro histórico, ni nada turístico que se le parezca. Lo que me motiva es el movimiento, dentro de lo posible, por una ruta que permita silencio, contemplar, apreciar. Avanzar, cambiar de vivencia, estar abierta a la experiencia que vendrá, que mis ojos se encuentren constantemente con la novedad, disfrutar del estar yendo más que del llegar. Viajar a pedal se convirtió en mi zona de confort por el abanico de posibilidades que trae, aunque no tenga nada de confortable.
La bici se tornó el lugar en el que quería estar, comenzaba a desanimarme tan solo la idea de parar. Los kilómetros avanzaban mientras de vez en cuando la duda retornaba y buscaba percibir qué quería de verdad, pero rápidamente salía de un posible futuro y volvía al presente. Sabía que hasta no llegar a Cabo Frio y encontrarme con lo que se suponía, no quería ni podría decidir nada. ¿Elegir desde lo que no se sabe, no se vé, no se vive? Estaba disfrutando del momento que es tan sólo eso, un momento, una experiencia que acaba, y ese placer me hacía rechazar algo que era mente.
La ansiedad, esa que deseaba saber ya qué de las hipótesis eran ilusiones y cuáles tenían posibilidad de realidad, aumentaba a medida que me acercaba a Cabo Frio. La intuición, esa que me guía por dónde caminar, también empezaba a sentirse en ascenso. Paré al mediodía para descansar en el ingreso de Rio das Ostras, pensando en pasar la localidad y seguir hacia mi supuesto destino por la tarde. Sin embargo, cuando llegué al litoral de la ciudad me invadieron unas ganas tremendas de quedarme por ahí, aún cuando en un sábado a la tarde el lugar estaba repleto de gente. Me detuve sin pensar, sentándome en el pasto, apoyada en un árbol, mirando el mar. No quise demorarme porque aunque planeaba quedarme ahí no era lugar para dormir, así que avancé hasta encontrarme con un sector de varios motorhome. "Es aquí", pensé, y aún así seguí pedaleando ya a modo paseo, sabiendo que tenía dónde regresar. Sin embargo, el paseo me detuvo en otro sector de motorhome donde había menos vehículos, menos ruido, más tranquilidad, más comodidad. Estaba a 50km de Cabo Frio cuando todavía no tenía idea de qué iría a pasar, ya que la especulación nada confirmaba. Debido a la proximidad que me encontraba, decidí buscar un voluntariado en la zona como para tener a donde llegar y empezar a intentar. Conseguí, me esperaban al día siguiente.
Desperté para ver el nacimiento del sol, como estaba siendo cada mañana. Un hombre se aproxima para mostrarme lo linda que había quedado su foto, con el reflejo de la luz en las ondas del mar. Nunca un desconocido se acercó a mostrarme una foto. Extraño, no le di mucha atención. Al rato, percibía que era el camionero que había pasado la noche ahí, junto con los motorhome a los que me había acoplado para mayor seguridad. Pasado el nacer me dispuse a dejar todo listo para pedalear de tarde, ya que aún quería aprovechar la mañana en el litoral de la ciudad que me conquistó y no me dejó avanzar más. Mientras amarraba la carpa con las cuerdas elásticas, volvió a aproximarse el camionero para regalarme cuatro de esas cuerditas que a él le sobraban. Conversamos un poco cuando me animé a preguntarle lo que en mis momentos de pedal y dudas sobre Cabo Frio la mente proponía: subirme a un camión para no volver a pedalear el caos de Río de Janeiro y São Paulo, algo que ya conozco y de lo que no hay alternativa de escapar. Sí, estaba yendo a Cabo Frio, pero cuando ví su camión por la noche la propuesta mental se reactivó.
—Posso te fazer uma pergunta ousada? —pregunté sin saber que la palabra "osada" tendría otro significado para él. Me miró extraño, quizás de la misma forma en que lo miré cuando me mostró la foto del amanecer.
—Pode, sim —Afirmó.
—Você tem costume de dar carona para pessoas que viajam de bicicleta? —fue mi osadía que sólo le generaba más extrañeza. Siguió mirándome raro y algo dudoso pronunció —às vezes.
Le expliqué mi pereza por volver a pedalear Rio y São Paulo cuando me confesó que iba hasta la frontera con Argentina. Lo que era una duda ahora me dejaba perpleja. Insinué que estaba yendo a Cabo Frio, que Argentina como destino lo pensaba para más adelante. Él respondió que sólo volvería a hacer ese trayecto en tres meses, aproximadamente. Me dió tiempo para pensarlo hasta el día siguiente, aunque del voluntariado ya me escribían para saber a qué hora llegaría.
Dos horas más tarde recibí noticias de Cabo Frio, en sincronía, anunciando que las suposiciones sostenidas por casi dos meses eran utopías. Nada de esas posibilidades mencionadas se concretará. El miedo a tomar decisiones erradas me perseguía mientras intentaba no sugestionarme por el amor que le tengo al viajar en camión, pero no ver lo que sucedía era ser negadora de la realidad cambiante que se presentaba. La respuesta era clara, mis ganas eran de pedalear y no de parar, mucho menos por un voluntariado o conocer una playa más. Quizás, la propuesta en Cabo Frio sólo había sido una ilusión que me guíe para llegar hasta el encuentro con E y su camión.
Golpeé la puerta de la cabina para anunciar mi decisión y no estar con eso en la cabeza todo el día, llevando también una aclaración que para mí era importante mencionarla desde el comienzo. Agradecía que aceptara llevarme, pero sin esperar nada a cambio o como forma de pago más allá de la compañía. Insinué que quería esa honestidad por parte de ambos. Dijo que me quede tranquila, que saldríamos al mediodía del próximo día.

