Encuentros que marcan
Casi mil setecientos kilómetros pedaleados sin más inconvenientes que un rayo roto, y ahora la cámara no tenía una sino dos pinchaduras, siendo que sólo estuvo estacionada. Sin entender cuándo esos dos pequeños alambres la agujerearon, pareciera que el primero se presentó por un sentimiento de abandono y el segundo, quizás, por celos.
—Pode brincar no mar até a hora da gente ir embora —me indicaba E en el calor de la mañana.
—Você vem? —me atreví a preguntar.
—Eu só vou molhar os pés —pronunció para acompañarme más que por voluntad.
El almuerzo del domingo junto con las horas de la tarde nos habían dado tiempo suficiente como para tener charlas profundas cuanto banales. La honestidad prevalecía, y a la vida de camionero parece hacerle falta, de vez en cuando, una oreja amiga. En ese lapso pudo contarme sobre su amplia familia, principalmente sobre el fallecimiento de dos de sus hermanos: uno que desapareció luego de haber ido a pescar mar adentro, y un hermano gemelo que cómo él, camionero, perdió la vida en un accidente que lo desfiguró por completo.
Entré al mar, jugué, floté, mientras él me miraba desde la orilla.
—Pode vir, aqui o mar está tranquilo, é só passar essa primeira parte —lo invitaba aún sabiendo que la pérdida de su hermano, como él mencionaba, lo había dejado traumad. Él se negaba.
Salí, me paré a su lado. —Antes da morte do seu irmão, você entrava no mar?
—Sim, mas só até aqui —mencionó señalando su pecho, —agora fico com medo dele me puxar... Viu? Como os pés agora, parece que ele te leva e afunda na areia —describía su miedo al momento que la ola retornaba hacia el océano y parecía ganar fuerza.
—Sim, vejo. Só que isso é aqui na beira, se você entrar mais um pouco não vai dar para sentir isso. Quer me dar a mão e vamos juntos? —intenté acompañar.
—Não, prefiro ficar aqui, mas pode ir se quiser.
Por algunos minutos permanecimos en la orilla hablando sobre lo poco que entiendo del mar, las corrientes de retorno y cómo las olas van aumentando cíclicamente su fuerza y tamaño, indicando que el mejor momento para ingresar es después de las olas mayores. Antes de volver al mar repetí, —quer que a gente entre juntos?
—Prefiro ficar aqui —él también repitió.
De nuevo jugué, salté olas, reí, las pasé por abajo, floté y salí. De nuevo charlamos y, antes de partir, de nuevo pregunté.
—Olha, eu não quero ficar insistindo nem ser chata, só quero que saiba que eu posso te acompanhar se você se decidir a tentar. Eu estou aqui.
Hizo un breve silencio y se animó —Tá bom, bora, mas me deixa pegar na sua mão?
—Claro! —Exclamé con la alegría que me dá el ser servicial.
Esperamos las olas pasar mientras las manos se apretaban cada vez más: él por miedo, yo para intentar transmitir seguridad, y al grito de "agora" corrimos juntos hasta pasar ese primer rompimiento que lo hacía dudar. Ya con el agua arriba de la cintura volvimos a sentir la calmaría, saltando alguna que otra onda más pronunciada.
—É verdade, aqui não parece que o mar te puxa para adentro —me dijo con la alegría de un niño descubriendo el océano.
—Pelo contrario —agregué —se ficar queto ele te devolve para a areia.
Las manos se soltaron, nos quedamos unos breves minutos y luego fuimos por el agua dulce que nos limpiara el cuerpo luego de haber lavado el alma. Él me agradeció con un abrazo y palabras, mencionando que le había dado confianza el ver que yo sabía nadar.
—Mas eu não sei nadar —aclaré riendo.
—Como que não se eu vi você de barriga pra cima?
—Eu sei flotar, e me virar dentro d'água, mas tecnicamente eu não sei nadar.
—Afff, eu pensei que se acontecesse alguma coisa você conseguiria me tirar —pareció desilusionarse.
—Não, se eu tentasse iria junto com você. Mas o que você supôs é problema teu, eu nunca falei que sabia nadar, pelo contrário, eu falei que fico pendurada do pescoço do meu companheiro quando às ondas são fortes —aclaré.
—Tá bom, obrigado mesmo assim. Nunca ninguém tinha me falado para tentar me acompanhar e hoje, após dez anos, eu voltei entrar no mar.
Que el viaje en camión duraría cerca de una semana fue la aclaración que me había hecho desde el comienzo, dependiendo de dónde consiguiera hacer la carga de ese día. "Se fosse por mim, bora até o Ceará", le decía mientras comentaba cuánto me gusta viajar en camión. Tampoco hizo falta pronunciar mucho, ya que vió mi cara desde el primer momento en que subí y, principalmente, cuando comenzó a rodar.
—Você parece uma criança que acabou de ganhar doces —me decía al verme tan animada y rebalsada de felicidad.
—Ser caminhoneira é um sonho mas nem tenho carteira para dirigir carro, e me desanima pensar em pegar um caminhão para fazer Rio e São Paulo, por exemplo. Eu gostaria de ter que viajar por tudo o Brasil, ou até por outros países —expliqué mi deseo que, para satisfacerlo dentro de lo posible, la carga que esperaba confirmación sería en Minas Gerais: tierra de sierras, miradores y comida a leña.
—Se você quer ser caminhoneira eu vou te ensinar, dentro do possível —ofreció, dando comienzo a una serie de lecciones teóricas para cuando me animé a comenzar con la práctica.
La primera lección fue, sin duda, la más importante de todas:
—Nunca pode perder o medo do caminhão. No dia em que você perder o medo, ele te mata —confesó crudamente. Ese fue el día en que escuché su desahogo sobre la muerte de su hermano gemelo, principalmente sobre el tener que reconocer el cuerpo: un cuerpo desfigurado que antes era su fiel reflejo. Una imagen que aún desea nunca haberla introducido en su memoria.
La semana corría mientras iba aprendiendo sobre doblez de lona, corriente de cuerda, nudos, catraca, el sonido de una rueda inflada, la dirección manual y automática. A cambio, brindaba mi escucha sobre culpas incoherentes que aún guardaba tras la muerte de su hermano y de su padre. Ofrecía papel para secar sus lágrimas y algún que otro abrazo cuando sentía que hacía falta.
Los días pasaban en cuanto aprendía sobre la parte tediosa de la carga y la descarga, la diferencia de andar con el camión vacío o con toneladas de peso, y la necesidad de pasar una mañana en el taller por quedarnos con un freno menos. Por mi parte, me entretenía con las anécdotas que de seguro todo camionero guarda. Desde presenciar la explosión de un camión de combustible, o a una mujer ofreciendo a su hija por dinero, hasta derrumbar toda una carga de litros y litros de aceite, con autorización de su propio jefe, tras esperar que lo liberaran mientras lo boludearon por una semana.
El viaje avanzaba en tanto me explicaba cómo maniobrar un camión en reversa y cómo usar los puntos de referencia cuando son necesarios. Me indicaba el porqué y el para qué de cada sonido, de cada luz, de los cambios de ejes, así como las señalizaciones y códigos entre camioneros. Mientras tanto, oía su desahogo sobre la convivencia con su pareja así como sobre el amor incondicional que tiene por su beba. Sobre los hijos de sangre y los adoptivos. Sobre el trabajo solidario y voluntario que realizó durante tantos años.
Relató que en la pandemia muchos camioneros siguieron trabajando, pero debido a la exposición de su labor, todo restaurante le cerraba las puertas. Así fue que junto con el grupo del que participaba, comenzaron a ofrecer desayunos y almuerzos totalmente gratis para camioneros en una rotonda de la ciudad. La emoción lo tomó por completo cuando recordó a un colega llegando con sus dos hijos, quienes hacía dos días no encontraban alimento de verdad. Así fue que entendí, por esa y otras historias, que no sólo es una profesión que carga mucho prejuicio sino también discriminación. Aún fuera de pandemia, hay establecimientos que no los atienden sólo por la apariencia que tiene un camionero, y en esa mirada despectiva, como cicloviajera, me encarno por completo.
Prácticamente compartimos las veinticuatro horas de toda una semana, salvo a la hora de dormir en que armaba mi carpa. Observé la realidad de mujeres y travestis ofreciendo sus servicios, y disimulando que no buscaban nada cuando veían mi presencia. Al contrario de lo que muchos piensan sobre camioneros, E no forma parte de esas creencias. Hombre sensible que no escondió sentimientos ni lágrimas desde el día cero. No fuma, no usa drogas, y sólo bebimos un chop como despedida y celebración de nuestro encuentro.
Al terminar nuestro viaje juntos, confirmaría la suposición que en medio de una descarga E observó en la rueda de la bicicleta desinflada. Sí, estaba pinchada. Casi mil setecientos kilómetros pedaleados sin más inconvenientes que un rayo roto, y ahora la cámara no tenía una sino dos pinchaduras, siendo que sólo estuvo estacionada. Sin entender cuándo esos dos pequeños alambres la agujerearon, pareciera que el primero se presentó por un sentimiento de abandono y el segundo, quizás, por celos.

