Brasil, te voy a extrañar
La frontera llegó más rápido de lo que esperaba. Alrededor de cuatro mil kilómetros habían pasado, pero todavía no estaba preparada.
El último tramo de Río Grande do Sul fue el más desolado de todo el viaje. El paisaje se asemeja al suelo correntino: agricultura, ganadería y un horizonte llano. Entre chacras y estancias se encontraban tres ciudades que podrían regalarme un techo en cada noche, con una distancia aproximada de cien kilómetros entre una y otra. Me esperaban días completos de pedal en medio de un frío que comenzaría a helar, soplando en contra con más fuerza, como si él tampoco quisiera verme llegar.
De São Luiz Gonzaga hasta São Borja la fuerza surgió de la adrenalina de los primeros cien kilómetros. De São Borja hasta Itaqui el ritmo volvió a ser natural junto con el viento que no dejaba forzar y un frío que tampoco permitía parar. En Itaqui me tocó despertar aún en lo helado de la oscuridad para desmontar la carpa antes de que abriera la estación de servicio, ya que me habían prestado el único techo que podría resguardarme. En el amanecer de la conveniencia compartí un café con un camionero que, entre charlas, me ofrecía trabajo cuando obtenga mi carnet, dando cada vez más luz verde a un anhelo que ya no está en el cajón. Luego de cambiarme de ropa para encarar los últimos cien kilómetros hasta la ciudad frontera con Argentina, otro camionero se me acercaba ofreciendo llevarme directo hasta Uruguaiana. “¿Será que ya quiero llegar?”, lo dudé. Sin embargo, su energía era por demás de amigable, volvería a subirme a un camión y descansaría un poco las piernitas para luego seguir por el desierto de Corrientes. Como antesala del retorno a mi país escucharíamos su canción favorita. Nunca me faltes, de Antonio Ríos, quedaría resonando por horas en mi cabeza.
Al llegar a Uruguaiana me invitó a desayunar y luego me dejó, literalmente, al lado de la aduana. Cuando se fue volví a encender un cigarrillo después de años, “¿qué hago acá?”, me preguntaba. Todavía no había resuelto cómo pasar mis reales a pesos, no sabía nada del valor del cambio ni mucho menos de billeteras virtuales. No tenía idea de cuál ruta haría en Argentina, y ni siquiera había bajado los mapas para poder usarlos offline. No estaba preparada para cruzar, en lo concreto ni en lo emocional. Salí de allí para seguir en suelo brasilero. Me dirigí a una estación de servicio para ordenarme mientras en las calles podía escucharse una cumbia por aquí, un reggaeton por allá y alguien que prefería melodías en inglés, pero el portugués comenzaba a dejar de musicalizar el cotidiano mientras yo misma no paraba de decirme: “Brasil, te voy a extrañar”.
Pasado el mediodía, con todo resuelto, volví a pedalear hasta la frontera a paso lento, dando una desviada por aquí y un acomodo de las cosas por allá. Nada era de propósito sino más bien algo inconsciente que no quería cruzar una tonta línea humana, pero una línea que lo cambiaría todo.
No era tristeza ni era ansiedad, más bien parecía una nostalgia anticipada junto con el miedo del cambio, de lo que vendrá, del afrontar de cara los procesos y las decisiones personales que internamente están muy claras, pero que hay que saber sostenerlas cuando se vuelve a las tierras donde nos miran y nos tratan como si fuéramos la misma que dejó la ciudad ha casi cinco años atrás.
Al entregar el documento brasilero en migraciones fue cuando mis ojos se llenaron de lágrimas y entendí que no me quería ir. Finalizado el trámite pude ir al baño para lagrimear un poco sin ser observada. Afuera, me despedí del policía que cuidaba la bicicleta con un “até breve”, quizás para recordarme que mi paso por Argentina sólo tiene un propósito, además de la visita. Crucé el puente que une ambos países en ese mismo estado emocional que en ese momento sólo pude definirlo como “raro”. No era tristeza ni era ansiedad, más bien parecía una nostalgia anticipada junto con el miedo del cambio, de lo que vendrá, del afrontar de cara los procesos y las decisiones personales que internamente están muy claras, pero que hay que saber sostenerlas cuando se vuelve a las tierras donde nos miran y nos tratan como si fuéramos la misma que dejó la ciudad ha casi cinco años atrás. Donde una necesita estar atenta para no caer en los moldes que adoptamos en nuestro lugar de origen a modo supervivencia, en edades que precisamos de otro refúgio, en situaciones que ya no vivimos, pero que ante el contexto conocido el cerebro perezoso continúa repitiendo circuitos neuronales antigüos para no hacer el esfuerzo de crear los nuevos, más saludables y acordes a lo que estamos siendo hoy y ya no a lo que fuimos. “Si quieres cambios verdaderos pues, camina distinto”, dice la música de Calle 13, y es lo que busco en este retorno partiendo de la base que es la primera vez que no vuelvo a caer en mi casa de nacimiento, donde el inconsciente fue programado, donde las memorias me sumergieron en lo que ya no elijo. Esta vez vuelvo a la ciudad desde lo nuevo: otra casa, otro barrio, otra zona, otra convivencia, otra experiencia, otra Florencia.
Finalizado el puente me encontré con la celeste y blanca, flameando al ritmo del viento en contra que acompaña yendo al sur en invierno. Más adelante un altar a la virgen de Luján, protectora de las rutas nacionales, frente a la cual paré la bicicleta apoyando mi cabeza en los brazos que reposaban sobre el manubrio, donde entre más lágrimas pedí protección para lo que queda de viaje. Me sentía más insegura en las rutas de mi tierra que en las extranjeras, supongo, también por costumbre. El sonido de un silbato me hace levantar la cabeza. A lo lejos, un gendarme indicaba la ventana de migración por la que debía ir. No daba tiempo para rezos, para llanto, para descanso, ni para arrepentimiento. En la ventanilla, me recibía un hombre escuchando a los redondos al palo.
—¡Hola! ¿Cómo estás? —me saluda de forma alegre, animada.
—Triste —redpondí, sin dar detalles ni demostrar interés por su estado.
Avancé ya en suelo argentino hasta encontrarme con quienes cambiarían mis últimos reales. Allí empezaría a informarme sobre qué puede comprarse con tal o cuál valor y escucharía sobre lo mal que está el país, mientras fumaba otro cigarrillo que H me convidaba.
—¿Cuánto tardás en llegar a Rosario? —preguntaba.
—Espero que un mes —respondía sin ánimos de querer llegar. —Por eso lloro, no quería estar acá, pero calculo que en poco más de una semana llego. Y a poner foco en lo que vine a hacer para ya volverme —le explicaba a él para decírmelo a mí.
Comenzó el pedal por suelo argentino cuando la presencia de un cartel me devolvió la sonrisa. “Choripan, milanesas, sanguches”, me recordaban que estaba cerca de volver a comer todo lo que no encuentro en tierras brasileras y que también, por costumbre, a veces se extraña.


